UNA ENCRUCIJADA

Son las cinco y cuarto de la mañana. Me encuentro sentada en el aeropuerto, cansada, con sueño, con las ojeras en el culo. Pienso en él. Pero ya no de la misma manera como lo hacía unos años atrás. Siento rabia. Desprecio, ira. No puedo ni verlo ni sentirlo. Literalmente me sabe a mierda despertarme con él a mi lado. Hace cinco años vivimos juntos. Hace ocho nos conocimos. Hace tres, definimos esperar para tener hijos. Y hace quince días tengo ganas de matarlo.

Yo no era de esas mujeres que revisan correos, agendas o celulares. Siempre he creido que entre los dos debe haber cierta privacidad y libertad para hacer las cosas. Y eso era precisamente lo que hacía que la relación funcionaba. Los dos compartían espacios y soledades, pero no se sentían propiedad el uno del otro. De ahí la magia. Pero este tema de la libertad es sostenible cuando alguna de las partes rompe el pacto.

Yo no tengo un 38 b de tetas, ni un culo redondo. Más bien soy como medio flaca y simplona, pero con el suficiente caracter para conquistar, encantar y hasta enamorar. Pero la lección que me queda es que un pantalón forrado y unas tetas ensiliconadas pueden más que una buena personalidad. Al final de cuenta los hombres no piensan con la cabeza, sino con otras cosas.

Ella, es una mujer medianamente inteligente, pero bastante promedio. Una asistente muy bonita -lo cual no me preocupó, aunque ahora me arrepiento de no haber pensado más allá en eso-, bastante eficiente y con un ángel de inocencia, que hoy entiendo como una simple piel de oveja donde se esconde la loba, o perra -como prefieran llamarla-.

Nunca pensé que Juan Mario se acostara con ella. Creí que era lo suficientemente feliz conmigo, con nuestra estabilidad y tranquilidad. Pero él necesitaba las tetas y el culo. Nada que hacer.

Lo odio. Lo comencé a odiar cada vez que recuerdo esas fotos. La secretaria debía tener muchos enemigos. Me llegó un mensaje un día: "Juan Mario se acuesta con Francisca". No presté atención. Envidias, pensé. Pero la seguridad se acaba cuando los rumores son tan insistentes, que el gusano de la duda se siembra en tu cabeza y no te deje dormir. Me dejé ganar y comencé a actuar como esas mujeres dementes que tanto critiqué en mis amigas.

Inicié la labor detectivesca. Oidos despiertos, ojos abiertos y a la mejor posibilidad ingreso a revisar asuntos antes considerados privados. Y como el que busca encuentra...

- Me encantó la velada de anoche. Gracias por ser tan maravilloso
- No sabes cuánto me encanta tenerte cerca y olerte
- Esta noche en mi casa. Te tengo una sorpresa, que vas a disfrutar mucho (me sonroja)

Además de los mensajes de texto en el celular, los correos eran más explícitos, inclusos algunas con fotos desnuda de ella... y los chats... ni se diga, algo parecido a una película porno en letras.

Nada qué hacer. No he sido capaz de decirle nada. ¿Por qué? ¿Cómo explicarle que violé el pacto de libertad y privacidad? ¿Importa el pacto luego de que él se comía a otra? Tengo que tomar una decisión, la falta de sueño, y la desilución me van a matar. O guardo silencio, hago caso omiso, guardo mi ego, rspiro profundo y lo perdono. Al final de cuentas, a pesar de la otra, las cosas entre Juan Mario y yo no han cambiado. La rabia se me quita, igual lo quiero mucho, más que a nadie. La otra, es más simple, lo enfrento y lo dejo. Esto parece más simple. Pero y ¿qué sigue luego de eso?



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